Prensa escrita

Vuelven los muertos desde Mictlán para celebrar la vida

Se acerca el Día de Muertos en México y el país empieza a pintarse de naranja, el naranja de la flor del cempasúchil y los tejocotes, el naranja de las calabazas que se convertirán en deliciosos dulces, el naranja de las mariposas monarca que por estas fechas vuelan desde Canadá a resguardarse en los bosques michoacanos. Su llegada coincide con la creencia de los mazahuas de que vuelven las almas de sus muertos y son ellas las que llevan el mensaje entre los dioses y la tierra. Con el final de octubre llega también el olor a incienso quemado, que purifica el ambiente y guía el retorno del alma, y el aroma del cempasúchil, la flor de cuatrocientos pétalos, que inunda el ambiente con su peculiar encanto.

Quien haya vivido el Día de Muertos en México sabe que es una época muy especial, que emociona y sorprende a propios y extraños, un tiempo lleno de tradiciones, colores, olores y por supuesto de sabores. En la época prehispánica se creía que al morir, el espíritu de las personas continuaba viviendo en Mictlán, el lugar de residencia de las almas, y una vez al año podían retornar a sus antiguos hogares para visitar a los vivos. Las creencias indígenas posteriormente se fusionaron con la tradición católica y este sincretismo dio origen a lo que hoy conocemos como el Día de Muertos.

A su regreso, los muertos esperan encontrar una ofrenda que lo agasaje, que variará en función de la región aunque siempre tendrá los platillos y bebidas favoritas del muerto. Para cuando a mí me toque, de ya me pido un delicioso chile en nogada, con unos ricos frijolitos, una crepa de cajeta, un trocito de pan de muerto y por supuesto un caballito del mejor tequila. Y aunque ya no fumo que me dejen unos “delicados”, pues igual me los fumaba al fin que “ya muerta pa´ que calzones” como decía mi abuelo.

Todo buen altar de muertos debe incluir  una fotografía, se adorna con papel picado y veladoras para que alumbren el camino a los que regresan y un sendero de pétalos de flor de cempasúchil de guía. Así es como en cada rincón de la República mexicana, los cementerios se llenan de parientes, de flores, de veladoras… Y como en cualquier celebración, no puede faltar la música, de ahí que sea tan común oír a la banda y al mariachi tocando las canciones favoritas de los difuntos de lápida en lápida.

El Día de Muertos se vive en familia, celebrando la vida y compartiendo lo mucho o lo poco que se tiene. También es el día para regalar las calaveritas de dulce, que son unos cráneos de azúcar, chocolate o amaranto. Lo importante más que la materia prima, es que tenga el nombre de la persona a la que se le regala en la frente. Así nos reímos de la muerte en México, recordando que algún día también nos llegará la hora.

Y sí, en la sangre llevamos eso de reírnos de la huesuda, la flaca, la tilica, la pelona, la parca, la catrina, la tiznada, la muerte; también haciendo alusión a ella escribimos calaveras, que son versos donde con mucho sentido del humor se bromea sobre personajes de la vida real. Los políticos se han vuelto el blanco de las mayoría de las calaveras, los periódicos compiten entre sí por publicar las más originales y este año se me hace que el rey de estos epitafios humorísticos será Felipe Calderón, pues el presidente deMéxico, en su lucha contra el narcotráfico lleva ya más de 50.000 “muertitos” a las espaldas y esta cifra a los mexicanos, aunque tenemos mucho ingenio y sentido del humor no nos hace nada de gracia.

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